El color prohibido. El último volumen de Mishima entre nosotros Publicada en 1951 y escrita cuando contaba veinticinco años de edad,
Yukio Mishima establece con su Kinjiki -El color prohibido- otra vuelta
de tuerca respecto del tratamiento de la condición homosexual que
carece del carácter secreto y en la primera persona de su Kamen no
kokuhaku -Confesiones de una máscara, 1949- para alcanzar una
naturaleza que, sin abandonar al mismo tiempo una esfera de profunda
reflexión estética, presenta un carácter de mayor empaque social. No en
vano una de las características más celebradas de la obra sea su
retrato acaso inédito hasta entonces del mundo homosexual de Tokio con
posterioridad a la derrota japonesa de la Segunda Guerra Mundial [1]. Dos son sus personajes principales, un joven, Yiuchi Minami, de extraordinaria hermosura, como destacan todos los personajes de la narración, y un escritor que se sabe acabado, Hinoki Shunsuke. Un inconfeso misógino que trama dañar a las mujeres sirviéndose de aquél, un joven que no las ama. De este modo, en el origen de una trama de consecuencias nefastas para una pléyade de personajes secundarios, se encuentra la venganza. Después de haberse travestido en mujer en su novela Ai no kawaki -Sed de amor, 1950-, alcanzando un retrato prodigioso de una mujer insatisfecha, resulta pasmosa la profundidad con que Mishima crea un personaje masculino en su senectud con tamaña verosimilitud. Esta obra ofrece un amplio número de disquisiciones de carácter estético que no enturbian el seguimiento del desarrollo de los movimientos de sus personajes y que ofrecen interesantes claves sobre la consideración mishiminiana de su generación literaria -un joven prodigio que mira desdeñoso a la amplia mayoría de los autores japoneses de más edad- y que insiste ampliamente en hacer referencias al decadentismo europeo y, en su extremo opuesto, a la idealización de la edad clásica griega. Sensiblemente, y como ocurre en otros muchos casos en su producción, resultan más numerosas las alusiones a la literatura occidental que a la autóctona. Asimismo, es particularmente interesante apreciar el modo en que algunas de las tramas motrices de esta novela serían retomadas con posterioridad por un Mishima final. Muy en especial, la relación de sus dos personajes protagonistas, el de un escritor que adopta -aunque no legalmente- a un joven, parece prologar el vínculo -en esta ocasión jurídico- entre un abogado sin hijos, Shigekuni Honda y el joven Tôru en el cuarto volumen de su tetralogía, Tennin gosui -La corrupción del ángel, 1970-, escrita el año de la muerte por evisceración del autor. Jóvenes ambos, que ejercen una fascinación sobre sus responsables y que coinciden en mostrarse ajenos a las estructuras morales que parecen haber castrado a sus postizos tutores. Es en la fatal evolución de los sentimientos que despierta en Shunsuke el efebo Minami, quien llega a revelarse, muy unamunianamente contra la inteligencia rectora del escritor, donde se halla uno de los argumentos más apurados de una novela que a fuerza de un estilo metafórico, meditado y consciente de los mil vuelcos que las acciones individuales producen en la sociedad, se aparta de todo punto de la naturaleza folletinesca y sensacionalista que por su argumento podrían haber corrido el riesgo de ofrecer. La reciente publicación de esta novela de juventud de Mishima, inédita aún en español, constituye un motivo de celebración, no sólo por permitir un mayor conocimiento de la obra de uno de los autores más relevantes del pasado siglo -y de hacerlo a través de una obra de juventud que permite comprender la evolución hacia sus obras más conocidas-, sino por la calidad de un esfuerzo editorial que constituye, frente a la práctica mayoritaria, una versión directa desde su japonés original, cuyos responsables, Keiko Takahashi y Jordi Fibla ya habían colaborado con anterioridad en una primera traducción directa de otra novela mishimiana, la excelsa Shiosai -El rumor del oleaje, 1954-, asimismo por la editorial Alianza, en 2003. 1. Como declara el autor; “[los homosexuales] con el secreto orgullo de ser los representantes de la decadencia, se habían aprovechado del desorden para cultivar violetas oscuras y delicadas en un terreno resquebrajado” Yukio Mishima: El color prohibido. Traducción de Keiko Takahashi y Jordi Fibla. Madrid, Alianza, 2009, p. 133. |

